De impacto
La noticia sobre el maltratador Nixon que no fue escrita
Seymour Hersh admite en sus memorias que erró al no exponer las palizas del presidente a su mujer
A media mañana del sábado se dio una rutinaria rueda de prensa y a los periodistas se les informó de que ese día no había actos oficiales programados para Johnson. En un momento dado, este, conduciendo un Lincoln descapotable blanco, como hacía a menudo, se acercó al corrillo de periodistas a toda velocidad, frenó en seco, abrió la puerta del copiloto (todas las miradas estaban clavadas en él), gritó: “¡Wicker!” y le hizo una seña para que se montara. Tom subió al coche y los dos se alejaron por una carretera polvorienta. Ninguno de los dos decía nada. Al cabo de un rato, Johnson frenó de nuevo y se detuvo junto a unos árboles. Dejó el motor al ralentí, se bajó, dio unos pasos hacia los árboles, se detuvo, se bajó los pantalones y defecó allí mismo, a plena vista. El presidente se limpió con unas hojas, se subió los pantalones, se montó en el coche, dio media vuelta y regresó a toda velocidad junto al corro de periodistas. Una vez allí, tras otro brusco frenazo, Tom se bajó del coche. Todo ello tuvo lugar sin que mediara una sola palabra.
"La esposa de Nixon, Pat, había sido atendida en urgencias pocos días después de la salida del presidente"
Yo viviría mi propio momento Wicker, pero sin las lamentaciones, después de que Nixon abandonara la Casa Blanca con deshonra el 9 de agosto de 1974 para regresar a su residencia de San Clemente, California, en primera línea de mar. Unas semanas después me llamó alguien relacionado con un hospital cercano en California y me dijo que la esposa de Nixon, Pat, había sido atendida en urgencias pocos días después de la salida del presidente de Washington. Según contó a los médicos, su marido la había golpeado. Puedo decir que la persona que me hablaba manejaba una información muy precisa sobre el alcance de las lesiones y sobre la indignación del facultativo de guardia que la trató. Yo no tenía ni idea de qué hacer con aquella información, si es que debía hacer algo, pero me mantuve fiel a la vieja máxima del City News Bureau: “Si tu madre te dice que te quiere, contrástalo”. Yo, a mediados de 1974, ya había llegado a conocer bastante bien a John Ehrlichman, así que le llamé y le expliqué, facilitándole más datos de los que incluyo aquí, lo que le había ocurrido a Pat Nixon en San Clemente. Ehrlichman me asombró respondiéndome que tenía conocimiento de dos incidentes previos en los que Nixon había agredido a su mujer. La primera vez fue 10 días después de perder las elecciones a gobernador de California en 1962, momento en que declaró amargamente ante la prensa que aquella era su última contienda electoral y que “Nixon ya no se dejaría apalear más”. Una segunda agresión tuvo lugar durante los años de Nixon en la Casa Blanca.
"En aquella época, en mi ignorancia, no veía el incidente como un delito. Mi respuesta no resultó satisfactoria"
Me sorprendió la indignación que generé en algunas de mis colegas, que me hicieron notar que las agresiones se consideran delito en muchas jurisdicciones y no entendían que no hubiera optado por denunciar un delito. “¿Y si hubiera cometido otro delito?”, me preguntaron. “¿Y si hubiera atracado un banco?”. Lo único que pude responder fue que en aquella época, en mi ignorancia, no veía el incidente como un delito. Mi respuesta no resultó satisfactoria. Entonces no comprendía, como sí comprendían las mujeres que me cuestionaban, que lo que Nixon había cometido era un acto delictivo. Yo debería haber informado de lo que sabía en su momento o, si al hacerlo hubiera comprometido a mi fuente, haberme asegurado de que lo hiciera otra persona.
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